Pablo Mckinney

Es la historia de nunca acabar para siempre volver a empezar. Las desgracias nacionales desnudan nuestras deficiencias sempiternas.

Esta vez, -(como en 2018 con la tragedia de la fábrica de plásticos Polyplas en Villas Agrícolas, o como en 2006 con la explosión en Diamond Mall)-, la desgracia tocó la puerta de San Cristóbal para desnudar las deficiencias del sistema de emergencias del país, la escasa o nula supervisión, la ineficiencia en los hospitales para atender a los heridos especialmente a los quemados.

Cuenta que al llegar al lugar de la tragedia, los bomberos se enfrentaron no solo al fuego sino a la cruda realidad de sus carencias, dependientes ellos de un voluntariado de gente generosa y solidaria. Pero la generosidad no basta ni es suficiente la solidaridad ante lo que es una responsabilidad del Estado que administra el dinero de los once millones de contribuyentes que aquí vivimos.

Muy posiblemente, y como tantas otras veces, se ordenará una pormenorizada revisión de los sistemas de uso de gas propano y establecimiento de calderas industriales en lugares céntricos de plena actividad comercial. Se hablará de mejorar la supervisión y disminuir la corrupción que ella encierra, pero con el paso de los meses se relajarán los procesos… y cualquier día, a cualquier hora, otra desgracia nos visitará y llegarán otra vez los lamentos.

Lo que dentro de la ley beneficia a los señores se ha cumplido con onerosa y pornográfica exactitud. Lo demás… espera.

Somos líderes en embarazos adolescentes y mortalidad materno infantil, pero por temor a Torquemada y sus purpurados chantajes electorales y su capacidad para dañar gobiernos y candidatos nada ocurre. Ahora toca el turno a San Cristóbal y el país es un solo lamento. Es cierto: “Cada lágrima enseña al hombre una verdad”, solo que al país no le enseñan ya ni sus grandes tragedias, la Pandemia del COVID, por decir.

Para nuestras emergencias siempre tenemos salidas temporales y siempre posponemos lo importante. Ahora San Cristóbal.

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